Detrás del papel
Son las diez treinta y nueve de la mañana. En su vivienda,
un hombre de 77 años de edad llamado Luis Ortiz, escritor de un humilde barrio al sur de Bogotá,
se
posa sobre una silla preparando su
libro, lo acaricia
suavemente quitándole el polvo, el iris
de sus
ojos
se humedece
mientras se prepara para
remover los
recuerdos de su infancia. Cuenta
que durante sus primeros años de vida vivió en una
montaña tapizada de
color verde con árboles a su alrededor, como en un cuento
de hadas, pero con otra historia distinta a la de reyes y princesas, pues su abuela debía ir al pueblo a pedir limosna para conseguir algo de comida, sin embargo, hoy
todo
esto hace parte de los
recuerdos, esos
que decoran cada pared, cada libro,
cada
rincón. Memorias que están guardadas en un cofre, su
casa.
Podría decirse que es un museo, es grande, lleno de historias, libros,
esculturas, películas,
estatuas,
fotografías y
secretos; detrás de él, una ventana perforada permite la entrada de aire que oxigena los cuerpos; su sala se encuentra inundada de monumentos, memorias y vidas que son cubiertas por el pasar
de los días, como una manta de color arena. El techo
cicatrizado por el agua filtrada de la terraza,
insinúa la situación
de sus residentes.
Mientras conversa, “el viejo bucanero” como es reconocido, comenta que -la supervivencia
ha estado siempre latente en los seres humanos con
más
necesidades-.
El sitio está cubierto por imágenes, cuadros, esculturas, objetos, afiches y algunas
ilustraciones de donde vivió en su infancia, recuerda
la rutina diaria de aquel entonces, un niño pobre lleno de piojos, que con ingenuidad se dedicaba a explorar su entorno salvaje -
!Vivía en una montaña
como
un animal perdido¡- Dice con añoranza.
Pronto se levanta de la silla dando tres pasos cortos hacia una pared con un cuadro lleno de
portadas de libros y fotografías, señala una imagen, en la que aparece una
mano adulta y otra
pequeña de un niño, en
la
parte superior de la imagen hay un título en
negrita “Memorias de
Chiquinquirá”, postrado
ante el cuadro retoma su relato saltando al momento que cambió el rumbo
de su
corta vida.
Por aquellas razones que son inexplicables, se cruza en su caminar Juan Parra, un profesor
Español que vio en ese piojoso niño un diamante en bruto de talento y conocimiento.
- Gracias a él logré entrar a estudiar en la escuela
de canto donde 20
chicos me recibieron
con
un baño de agua fría y cepillos. ¡Duraron como medio día lavándome¡-Dice a carcajadas- Es curioso, pero mientras cuenta este relato, se escucha en una habitación el
sonido pesado de un cuerpo dormido, ambientando la conversación y
el
aroma peculiar del
recinto, el sonido toma forma de una sombra agonizante envuelta en una tristeza escondida.
Luego camina hacia un
cuarto pequeño donde se encuentra la lavadora, mientras recorre su propia vida, habla de las imágenes que están por toda la casa. Su mirada se detiene en una montaña de libros, saca un álbum de fotografías y regresa a la silla. No duró mucho tiempo en la escuela,
en cada parpadeo sus compañeros lo golpeaban, lo
insultaban, “esto aburre a
cualquier persona y aun peor si es un niño”. Los ojos de Luis destellan una luz
mágica, los
movimientos de sus manos se detienen, su voz baja de tono, pasa saliva y
respira profundamente, -Me enamore por primera vez de la esposa de mi profesor, su paciencia, cariño y ternura; me convencieron de estudiar...siempre la recuerdo, era una mujer hermosa...algunos de mis poemas están dedicados a ella. Con ella
recibí la iluminación del amor a la
lectura. Fue maravilloso
entender mi nombre por primera
vez
escrito
en
el papel.
Dentro de sus tesoros, tiene cuadros de los actores de cine de la época, ese cine que quebró el cascarón que lo tenía atrapado. Después
de ver 18 veces la misma película de vaqueros,
nació una curiosidad inagotable por
la
literatura.
Para su cumpleaños número octavo,
decide
conocer
Bogotá,
justo el 9 de Abril de 1948 con
el
único anhelo
de visitar cuenterías.
Era la 1:30 p.m. y el pequeño Luis emocionado bajó del tranvía en busca de las librerías, pero
no alcanzó a caminar una cuadra completa, cuando
un policía le dio
una bofetada,
mientras
emite unas palabras
incomprensibles para el pequeño, cuando apenas está reaccionando del suceso, observa que a su alrededor miles de personas incineraban símbolos del gobierno conservador y de la iglesia católica,
la
gente saqueaba tiendas y almacenes, destruían casas,
la
iglesia y parte del tranvía, violencia y muerte inundaban
el
centro de la ciudad...un día de caos, de sed de venganza... Esto le hizo entender que no era un buen momento para quedarse
y decide regresar
a Chiquinquira.
El sonido pesado
del
cuerpo dormido
deja de ambientar la conversación. El viejo bucanero
respira, toma un poco de líquido color naranja que sirvió minutos antes, humecta su garganta
y continúa...-Cuando regresé...ella estaba allí, sabía que volvería, esa viejita sabía que
regresaría...no hubo necesidad de palabras, las lágrimas y los
abrazos lo dijeron todo. De repente se interrumpe la narración al escuchar la voz entre débil y
dormida de una mujer llamándolo -¡Luis!
Luis Ortiz Guzmán, un niño pobre lleno de piojos fue atrapado por la lectura, los poemas, las
caricaturas, las historietas, el cine. Hoy este niño tiene 77 años y continúa su aventura entre líneas de textos, -¡Toda mi vida he estado
asombrado de todo, las personas no conocen las maravillas de la vida, eso es estudiar y
conocer la vida!
afirma Luis, él escribe de las realidades de otros,
pero
no de su propia realidad, como
si
tratara de esconderla en ese techo y paredes cicatrizadas por
el
llanto del cielo
filtrado.
Por: Yuri Andrea Castro
Esquivel
Fotografías de Yuri Andrea Castro Esquivel

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