sábado, 26 de noviembre de 2016

DETRÁS DEL PAPEL / Yuri Andrea Castro Esquivel

Detrás del papel

Son las diez treinta y nueve de la mañana. En su vivienda, un hombre de 77 años de edad llamado Luis Ortiz, escritor de un humilde barrio al sur de Bogo, se posa sobre una silla preparando su libro, lo acaricia suavemente quitándole el polvo, el iris de sus ojos se humedece   mientra s prepar para   remove los recuerdos de su infancia. Cuenta que durante sus primeros años de vida vivió en una montaña tapizada de color verde con árboles a su alrededor, como en un cuento de hadas, pero con otra historia distinta a la de reyes y princesas, pues su abuela debía ir al pueblo a pedir limosna para conseguir algo de comida, sin embargo, hoy todo esto hace parte de los recuerdos, esos que decoran cada pared, cada libro, cada rincón. Memorias que están guardadas en un cofre, su casa.

Podría decirse que es un museo, es grande, lleno de historias,     libros,     esculturas,     películas,     estatuas,
fotografías y secretos; detrás de él, una ventana perforada permite la entrada de aire que oxigena los cuerpos; su sala se encuentra inundada de monumentos, memorias y vidas que son cubiertas por el pasar de los días, como una manta de color arena. El techo cicatrizado por el agua filtrada de la terraza, insinúa la situación de sus residentes.

Mientras conversa, “el viejo bucanero” como es reconocido, comenta que -la supervivencia ha estado siempre latente en los seres humanos con s necesidades-.

El sitio está cubierto por imágenes, cuadros, esculturas, objetos, afiches y algunas ilustraciones de donde vivió en su infancia, recuerda la rutina diaria de aquel entonces, un niño pobre lleno de piojos, que con ingenuidad se dedicaba a explorar su entorno salvaje -
!Vivía en una montaña como un animal perdido¡- Dice con añoranza.

Pronto se levanta de la silla dando tres pasos cortos hacia una pared con un cuadro lleno de portadas de libros y fotografías, señala una imagen, en la que aparece una mano adulta y otra pequeña de un niño, en la parte superior de la imagen hay un título en negritaMemorias de Chiquinquirá, postrado ante el cuadro retoma su relato saltando al momento que cambió el rumbo de su corta vida.

Por aquellas razones que son inexplicables, se cruza en su caminar Juan Parra, un profesor
Español que vio en ese piojoso niño un diamante en bruto de talento y conocimiento.
- Gracias a él logré entrar a estudiar en la escuela de canto donde 20 chicos me recibieron con un baño de agua fría y cepillos. ¡Duraron como medio día lavándome¡-Dice a carcajadas- Es curioso, pero mientras cuenta este relato, se escucha en una habitación el

sonido pesado de un cuerpo dormido, ambientando la conversación y el aroma peculiar del recinto, el sonido toma forma de una sombra agonizante envuelta en una tristeza escondida.

Luego camina hacia un cuarto pequeño donde se encuentra la lavadora, mientras recorre su propia vida, habla de las igenes que esn por toda la casa. Su mirada se detiene en una montaña de libros, saca un álbum de fotografías y regresa a la silla. No duró mucho tiempo en la escuela, en cada parpadeo sus compañeros lo golpeaban, lo insultaban, esto aburre a cualquier persona y aun peor si es un niño. Los ojos de Luis destellan una luz mágica, los movimientos de sus manos se detienen, su voz baja de tono, pasa saliva y respira profundamente, -Me enamore por primera vez de la esposa de mi profesor, su paciencia, cariño y ternura; me convencieron de estudiar...siempre la recuerdo, era una mujer hermosa...algunos de mis poemas están dedicados a ella. Con ella recibí la iluminación del amor a la lectura. Fue maravilloso entender mi nombre por primera vez escrito en el papel.

Dentro de sus tesoros, tiene cuadros de los actores de cine de la época, ese cine que quebró el cascarón que lo tenía atrapado. Después de ver 18 veces la misma película de vaqueros, nació una curiosidad inagotable por la literatura. Para su cumpleaños mero octavo, decide conocer Bogotá, justo el 9 de Abril de 1948 con el único anhelo de visitar cuenterías.

Era la 1:30 p.m. y el pequeño Luis emocionado bajó del tranvía en busca de las librerías, pero no alcanzó a caminar una cuadra completa, cuando un policía le dio una bofetada, mientras emite unas palabras incomprensibles para el pequeño, cuando apenas está reaccionando del suceso, observa que a su alrededor miles de personas incineraban símbolos del gobierno conservador y de la iglesia católica, la gente saqueaba tiendas y almacenes, destruían casas, la iglesia y parte del tranvía, violencia y muerte inundaban el centro de la ciudad...un día de caos, de sed de venganza... Esto le hizo entender que no era un buen momento para quedarse y decide regresar a Chiquinquira.

El sonido pesado del cuerpo dormido deja de ambientar la conversación. El viejo bucanero respira, toma un poco de quido color naranja que sirvió minutos antes, humecta su garganta y contia...-Cuando regresé...ella estaba allí, sabía que volvería, esa viejita sabía que regresaría...no hubo necesidad de palabras, las lágrimas y los abrazos lo dijeron todo. De repente se interrumpe la narración al escuchar la voz entre débil y dormida de una mujer llamándolo -¡Luis!

Luis Ortiz Guzn, un niño pobre lleno de piojos fue atrapado por la lectura, los poemas, las caricaturas, las historietas, el cine. Hoy este niño tiene 77 años y continúa su aventura entre neas de textos, Toda mi vida he estado asombrado de todo, las personas no conocen las maravillas de la vida, eso es estudiar y conocer la vida! afirma Luis, él escribe de las realidades de otros, pero no de su propia realidad, como si tratara de esconderla en ese techo y paredes cicatrizadas por el llanto del cielo filtrado.

Por: Yuri Andrea Castro Esquivel
Fotografías de Yuri Andrea Castro Esquivel

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